Fiestas Matronales 2020: Participaciones del Taller de Metáfora impartido por Dora Moro
Por: Elena Uitzil
Yo, he explorado en mi recorrido de vida, lugares con huella así como desconocidos y lejanos, atravesé prados, puentes, ríos, estaciones de ferrocarril, pies de Artemisa en busca de aventuras siguiendo a los ciervos.
Mi boca ha disfrutado el sabor a moras, sandias, pitahayas, cerezas, café, el néctar de un cuerpo anhelante y desfallecido;
Mis ojos se han regocijado de lunas, del cielo azul, del manto de la noche, del color de otoño;
se nutrieron con miradas dulces, tristes, anhelantes, vibrantes, de témpanos, acusadores.
Mi piel se ha estremecido ante el fuego efímero
y mi sangre ha palpitado como los caballos al viento en cabalgata hasta el éxtasis.
Mis oídos han escuchado con deleite bellos cantos,
palabras de miel, palabras de sal, palabras de breves instantes al compás de lluvia de estrellas, palabras que desgarran el alma y voces de helado fuego.
He aspirado el olor a tierra mojada… a muerte, la dulce esencia de un ser naciente, el aroma de frutos frescos que despides con un ligero equilibrio entre lo dulce y acido.
Mis brazos de cuarto creciente han arrullado los frutos de esa dulce armonía
de la llama y mi locura de amor.
En Otoño…
Descanso en mi luna, escucho las hojas en su vuelo caer
dejando una alfombra de Aladino para recorrer nuevas rutas.
Unas pisadas las rompen
me alertan, breve instante que envuelve y aturde.
Ahí estas… llegando…mas no te veo, solo te percibo
me vistes con buganvilias de colores
tus manos me recorren,
tu cuerpo con el mío es simetría ondulante.
Un efímero instante…
Mi luna se mueve, me levanto sobresaltada y aspiro
el dulce aroma de frutos frescos.
¿Acaso fue una ráfaga de luz de luna en una noche de otoño?
¡Amado amante!
¡Qué sigiloso hieres!
Por: Luz Borja
Soy memoria,
sombra inacabada del olvido
Rocío de ilusiones que desmoronadas
se hacen brisa y se escapan.
Sobre el agua reflejo ajeno.
Soy el velero que se perdió en el océano,
las olas que se adelantan y retroceden.
Soy el objeto que el mar trajo de otro lugar.
Inexacta, indecisa.
Soy por mera existencia.
Antes de mí fui nada
Y después de mí seré...
Por: Alicia Hernández
Por: Edith Sauer
¿Me estoy distrayendo ahora de mí misma o me siento aún más atraído por lo que soy? ¿Soy un nombre? Ciertamente no, al menos no uno solo, o al revés, ¿quién soy yo sin nombre? ... ¿sin nombre sigo siendo alguien?
Por lo menos aquí estoy Edith. Mis amistades saben de quién están hablando, o le agregan "la alemana". En mi país se habla de la Sra. Sauer... ahí no tengo nombre, solo apellido . La tarea de describirme como Edith Sauer causa una rara dificultad, porque hay toda una historia ahí.
Soy la niña intimidada, la hija de mis padres, quien lleva el nombre de la amiga de mi madre que se perdió en la guerra, y además de mi madre y el recuerdo del apellido de mi padre, porque ese nombre ya no se usa tampoco. Entonces, soy también la historia de mi matrimonio, de mi suegra, aunque usara el nombre de mi suegro y su hijo, débiles, impregnado por la madre dominante...
Soy también una historia de las autoridades migratorias de este país, la voz áspera que interrumpió amenazadoramente mi comentario correctivo de que mi nombre está escrito con U y no con V, y así tengo una historia como salvadora, ‘saver’, o como la que sabe; hasta que casi estuve ahogándome enredada en la espesa maraña de la burocracia y me coloqué de nuevo bajo la dictadura masculina. Mientras tanto, he podido hacerme fuerte durante unos años con mi propio nombre, con saber, al menos un poco, con salvar, usando el idioma vecino. Lo suficientemente cerca, como dijo una vez el guardia fronterizo, reconociendo las dificultades comunes de la ortografía mexicana.
Así ¿quién eres, Edith Sauer?
Por: Patricia Flores
aunque secas lucen, a veces reverdecen
y dictan notas que quedan transcritas en el aire.
Estoy presente, mi mirada está distraída;
se aturde con la mente que inventa e imagina
con lo más me inspira: mis alegrías, mis tristezas.
Exhaustas mis vertientes están
de escarbar y de buscar en cajones y alacenas
mis dones femeninos, aquellos de los que carezco
y la sociedad dice que tengo de nacimiento.
Arañados se quedan ya.
Mi letargo culinario sobresale cuando el azúcar y la sal lo confirman:
nosotras no somos sus amigas, no nos sabes la medida.
Lo sé, no tengo habilidad cuantitativa; mi astucia es cualitativa.
Ellas, mezcladas con otros sabores evocan a mis amadas añoranzas,
esas que de un sorbo alimentan mi vaporosa existencia.
Como es de costumbre, de nuevo me visita.
La ansiedad de mi cuerpo brota por mis largas espinas,
dejando delgadas, negras y táctiles huellas
que yacen sobre muchas alfombras.
Ella no se despide, ahí está, la veo cómo se va,
también la siento llegar.
El ciclo se renueva y el arrepentimiento,
convertido en huecos, se refleja en cada charco.
Por las noches llega a mi alcoba otra invitada inoportuna: temerosa vanidad.
En el otoño los pliegues se acentúan,
se apresuran a presumir mis enredaderas,
mi longevidad y el cúmulo de mis melancolías.
Mis amaneceres no saben de horizontes.
No tardo en cerrar los ojos, y,
recuerdo mis ruegos en penumbra.
Mejor callo, me apeno,
almaceno mis amargos pensares en mis múltiples cajas,
esas que se adornan de botánica: mariposas y flores silvestres.
Esas que escondo desde que era una niña.
Les pongo cerrojo.
Abro los ojos, estoy en el presente.
Pronto conmemoro lo que el mes de junio y mis ancestros, planeaban.
Mis ramificaciones florecieron con toda mi herencia,
mi vientre echó raíz y mi mente inquieta ahora escribe.

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