Fiestas Matronales 2020: Participaciones del Taller de Crónica impartido por Sylvia Manriquez

Sylvia Manríquez
(Navojoa, Sonora)
Comunicadora, periodista, escritora, mediadora de lectura del Programa Nacional de Salas de Lectura.
Autora del libro de crónicas Mujer en Piezas (Minilibros de Sonora, AC) y de Escape en tres tiempos (ed. Tintanueva), de narrativa breve.
Responsable de la columna “Voltear la Hoja” que se publica en diferentes medios de Sonora y Sinaloa.
Es vicepresidenta de Escritores de Sonora, AC y vocal en la Cooperativa Voces Sonoras.
34 años de trayectoria en Radio Sonora, donde es responsable de la producción de los programas Sonora en La Hora Nacional y De Letras Corazón, entre otros.
Ha recibido el Premio Nacional a la Trayectoria en Comunicación (2016) por parte de Senado de la República, el Reconocimiento a la Trayectoria Profesional por el Club de Periodistas Primera Plana (2019) y reconocimientos por parte de la Universidad de Sonora como escritora.





Saudade 
Naieli Macías

Mi día comenzó a las 7:00 de la mañana como lo hacía desde hace unas semanas. Tenía poco que había comenzado una rutina de autocuidado que constaba de ejercicios de meditación y yoga. Poco sabía que estas prácticas me ayudarían más de lo que esperaba, más de lo que necesitaría los días siguientes. Traté de ignorar como lo había hecho unos días antes el dolor que sentía y seguí con mi rutina. Terminé mi sesión, me arregle y desperté a mis hijos para prepararnos para el día. Hoy eso significa desayunar, vestirnos adecuadamente de la cintura para arriba y conectarnos a la computadora para ir a la escuela o el trabajo. Somos cuatro los que vivimos en esta casa, y yo soy la única adulta, así que mi rol es el de cuidarnos a todos. En ocasiones, siento que las neuronas se me agotan y poco a poco sólo me van quedando unas cuantas que me ayudan para continuar en la rutina y el resto de éstas son para mis hijos y sus necesidades. Así de agotada es como me he llegado a sentir. El agotamiento es peligroso, porque en mi caso, se puede disfrazar de tristeza, agobio o enojo. De dolor de cabeza, de sueño y apatía. Después de que nació mi última hija, Olivia, reconocí que mi cuerpo no era el mismo. Por supuesto que la dinámica cambió en casa, la manera en la que convivimos se partió ante la necesidades de una recién nacida a la par de las demandas y necesidades que existían antes de ella y todas éstas se sumaban a las mismas 24 horas que dura un día. Mi cuerpo se sentía como si hubiera sido intoxicado, o por lo menos, esa era la analogía que podía darle al médico cuando lo visitaba. El parto de mi último embarazo, fue de emergencia, prematuro y con muchas secuelas, tanto físicas como emocionales. Perdí mucha sangre que después tuvieron que transfundirme y a la pequeña Olivia de 30 semanas, no la pude conocer hasta cinco días después cuando me dieron de alta de terapia intensiva. Salí del hospital con falta de hierro, falta de descanso, con un corazón y cuerpo muy ultrajado y sin mi hija. Tuve que esperar 25 días para tenerla entre mis brazos. Todos deseábamos que los días mejoraran, sin embargo, no fue así. A los meses mi padre murió y unos cuantos meses después, yo volví a estar en terapia intensiva luchando contra una infección que tardaron semanas en dar con ella. Estuve en el mismo hospital, en la misma sala y hubiera sido la misma cama donde falleció mi papá sino les hubiera pedido a las enfermeras entre los delirios que la fiebre me producía que me movieran de ahí. Definitivamente, mi cuerpo no es el mismo, no ha sido, no es y no lo encontraba, he de confesar que tampoco lo buscaba desesperadamente. Quizá por falta de
tiempo, o energía o interés. Dejé pasar cuatro años y hace unas semanas decidí comenzar a meditar, a hacer ejercicio, reclamar salud para él y mi alma. Me cree esta rutina que tengo siguiendo religiosamente todas las mañanas, pero la vida guarda cierta ironía a la que no me acostumbro a pesar de que sonrío con ella cuando me encara con su humor. Unos días antes al día de hoy habíamos estado en un choque automovilístico muy leve, pero debido al choque me tomaron unas radiografías. En una de ellas, a modo de chiste macabro, se podía ver una pequeña calavera en mi cadera. Quienes la veían se reían al mismo tiempo que me decían que me hiciera una limpia. El cuerpo me dolía desde ese día y lo había estado ignorando pero no podía seguirlo haciendo, lo había vuelto a sentir por la mañana y el dolor se volvía más permanente con el paso del tiempo, así que hice una cita para que me atendiera un médico y fuimos después de haber terminado con las actividades de la mañana. Me acompañaron la mayor de mis hijas y mi pareja. Hicimos antesala durante una hora y media, en una sala invadida por mosquitos y en la que se proyectaba en una tele pequeñita películas de los 90s. Por decir lo menos, la espera fue larga y aburrida. Mientras estaba sentada en los sillones de cuero negro, no podía evitar pensar en por qué justo cuando había comenzado con este ritual sanador que en mi cabeza había configurado como un nuevo comienzo, el año nuevo antes del año nuevo, el actuar en el aquí y en el ahora después de haber consumido horas de imágenes de superación personal en Instagram, fue cuando el cuerpo comenzó a evidenciarme todo este descuido que quizá no sólo llevaba cuatro años en negligencia, sino quizá muchos más acumulados, me invadía la pregunta ante el contraste de que fue en tiempo de calma cuando mi cuerpo gritó. Estaba enojada, decepcionada de mi cuerpo débil, frustrada con él porque no anda conmigo a la par de mi ritmo, porque me detiene con sus dolores de cabeza, con su pitido insoportable, con sus alergias, con su cansancio y ahora con un dolor muy focalizado y constante. 
La recepcionista me dejó pasar, me desnude y puse una bata con la apertura hacia adelante, me acosté sobre una camilla, el doctor comenzó a palpar mis senos. Me miró, mientras se detuvo en la parte donde reaccioné con dolor al tacto y me dijo, “Sí, aquí hay algo.” Ignorando la noticia saliendo de la consulta, mi hija, pareja y yo, fuimos a cenar, tratando de rodearnos de ideas positivas y cerré el día dando un abrazo y un beso a cada uno de ellos, no dejándoles ver el hueco en mi garganta. Al día siguiente fui a que me hicieran un ultrasonido, los resultados llegaron un par de días después confirmando la sospecha, es un tumor… habrá que operarlo. Supongo que había algo de verdad en que mi cuerpo no era el mismo, en la sensación de estar intoxicado, cansado, descuidado. Supongo que tuvo que gritar y la única forma que encontró fue creando este nudo invasor sin ninguna función fisiológica dentro de mi cuerpo más que la de conseguir que por fin lo escuchara. No encuentro otra manera de explicarlo, dejar mi mente en silencio me permitió escucharlo. No tener miedo de admitir que está cansado y necesita parar, necesita ser amado y reparado. Los silencios de mis mañanas
me permiten reconocerle que es más fuerte de lo que creo y disculparme con él. Hay algo maravilloso en la repetición de estos mantras que me permiten respirar una idea de luz que le da un respiro verdadero a mi cuerpo, que no sólo ha transformado la manera en la que lo veo a él, sino al mundo entero. Donde cada segundo es brilloso y la fragilidad de mi cuerpo es evidente en su mortalidad pero su fuerza radica en el camino y la trayectoria que le tomará para llegar a ese final. He decidido que será así, luminoso y bello. Son dos días más los que faltan para que esté en el quirófano donde me quitaran ese nudito. Dejando a mi cuerpo libre de los lastres y dándole la oportunidad de un nuevo comienzo. Mientras tanto la alarma de las 7:00 am es un lujo que recibo con el alma abierta.






*DR de cada una de las autoras. El equipo de Luz Vesania no ha editado, corregido o modificado estos textos. No nos hacemos responsables de las opiniones que nuestras colaboradoras aquí emitan; así como tampoco somos responsables por los comentarios de las y los lectores publicados en este sitio web.
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