Fiestas Matronales 2020: Participaciones del Taller de Biografía y autobiografía impartido por Lucila May Peña

Lucila May Peña

(Mérida, Yucatán)

Es licenciada en Enfermería y Obstetricia por el IMSS y la UNAM. Egresada de la Escuela de Escritores Leopoldo Peniche Vallardo de la SOGEM. Autora de De lo más íntimo con un toque de rebeldía y amor (Rodrigo Porrúa ed., 2014) y de Oro Verde (Luz Vesania, 2018). Sus textos han sido publicados en la revista Panóptica, Observando la Cultura y las Artes (2015); en Ojos de Perro Azul; y en el Dossier Cultural de El Sol de Tijuana, y en Alquimia de aguas decantadas (Tintanueva, 2019). Tallerista, conferencia y representante en Yucatán de la Asociación Mexicana de Autobiografía y Biografías A.C. (AMAB), donde aparece en su publicación de 2017.




Crónica de una soledad acompañada

Por: María Elena Andrade Uitzil

Soy Maria Elena una mujer de cincuenta y nueve años que transita por la vida bajo el influjo de las estrellas, el oleaje del mar, caminos sinuosos, caminos libres, en el disfrute de una tarde de verano aspirando el olor de jazmines, el olor de muerte, disfrutando de moras, cerezas, frambuesas de compañías entrañables en ocasiones dolorosas, envuelta en una soledad acompañada con la mirada traviesa, seria, amorosa de mis tres hijos Javier, Jaime y Benjamin.

Es noviembre en una noche blanca, a tono con su cabello platino a la distancia esta Jorge Salcedo Naranjo recargado al muro olor a humedad de la Casa de San Sebastian, morada antigua, sus pisos de mosaicos moriscos, la escalera sinuosa de peldaños de màrmol, hacian juego con el candil de lucièrnagas que iluminaban la estancia, su cuerpo delgado con actitud despreocupado ausente, a pesar de las sombras miro los surcos cincelados en su rostro que denotan el andar de sus sesenta y seis años -ahora con un año de experiencia màs-, esa mirada de niño travieso con pupilas de color de hojas maduras de moringa miraron con el rabillo a su alrededor nada lo pertubo, yo percibì su presencia sin el menor indicio de que lo que llegaria a ser en mi vida. Enmedio de tantas noches de luna o sin ella còmplices de lo que se empezaba a construir en las noches de invierno del año dos mil diecinueve, caminamos lugares ya vistos por mi camino en la vida, pero ahora esos recorridos adquirìan novedades que los hacian nuevos para mi, el Paseo Montejo con sus casonas me parecìan diferentes, sentir el viento en mi rostro disfrutar de un sorbete de limòn en la legendaria sobrbeteria Colòn adquirìa un sabor inquietante pero desconocido; aunado a su voz siempre mesurada contaba historias de su vida con humor, chispa, por ratos sabian a nostalgia, tristeza, añoranza, impotencia, excesiva soledad, carencia cada experiencia tenia un empaque de color arco iris y tonalidades fùnebres. Y llego febrero del año dos mil veinte, sentados frente a la catedral de la ciudad de Mèrida para el disfrute de un espectàculo de luz y mùsica, recuerdo que la noche la iluminaba el cristal inscrustado en un manto de terciopelo obscuro, en el ambiente se dejaba percibir el aroma de distancia de un no sè que me envolvìa mientras saboreaba mi bolsa de palomitas junto a èl. Al paso de las horas de cada dia en una noche, Jorge dejaba a flote lo mas significativo de su vida con plàticas interesantes aleccionadoras; que a pesar de estar en mi quinto piso y un poco màs, me ilustraban y me hacian dibujar escenarios como la noche en que naciò el tres de abril de mil novecientos cincuenta y tres en México en el Hospital Concepción Beisteguì fundado el 15 de agosto de 1915, hoy convertido en museo, que conoci cuando vivìa en la ciudad de Mèxico tiempo atràs, donde se exhibe equipo médico y quirúrgico de los siglos XIX y principios del XX. Cuenta con fototeca, de diversos momentos históricos de Instituciones a su paso por el hospital; tiene una botica con un pequeño acervo de 78 botámen; un archivo histórico con expedientes de pacientes, médicos y de la benefactora señora Concepción Béistegui; ahí diò a luz la Sra. Elena Naranjo Fuentes una mujer –segùn la evoca Jorge- de piel de alba, ojos claros que adquirían las tonalidades de las mañanas de abril ya habia parido a sus hermanos Arturo, Alicia, José Antonio, José Luis, Eduardo ahora Jorge despues vendria Marìa Elena, desde muy pequeño viviò la ausencia de caricias y palabras amorosas de sus padres pero nunca dejo de amarlos y admirarlos, sin embargo eso lo marco y que reviste ahora con gran delicadeza.

Yo cautivada y desarrollando la imaginaciòn con base en sus relatos fui adentràndome poco a poco a su vida, aquel niño que era feliz a su manera y tenia su casa en la colonia Magdalena de las Salinas, calle norte 13 del Distrito Federal, su morada era humilde ubicada en medio de dos casonas que le cincelaron lo que quería… evadir estrechez. Lo logra cuando llega en 1979 a Ciudad del Carmen como Ingeniero Civil a ocupar el cargo de supervisor de obra, con el paso del tiempo y con el resultado de su entrega y trabajo adquiere propiedades similares a las que bordeaban su casa en la colonia Magdalena de las Salinas. Me envuelve en sus recuerdos con su ingenuidad de adulto y me dibujo a un niño de siete u ocho años delgado que recorría con piernas firmes y fuertes cada calle de su colonia hasta llegar al mercado de la colonia Panamericana vendiendo lacitos para el cabello de tela y vestidos que su madre confeccionaba, esa mujer fuerte taciturna a la cual miraba con admiración y embelesado, eso lo tallo y le dio la tesón para avanzar siempre hacia adelante, cuando murió su madre el duelo fue tan intenso que duro varios meses recuperarse, era como su ángel a la distancia ya que no hubo palabras ni miradas ni abrazos maternales que le hicieran sentir amado. Otros momentos que disfruta al platicar con deleite – y que me envuelve- es como adquirió pasos ágiles y decididos de su padre el Sr. Avelino Salcedo Hernández hombre polifacético, sin estudios, pero artista era orfebre creador, deportista, según enfatiza guapo como un figurín y subversivo en su forma de vestir y pensar, nada amoroso; fue su acompañante en sus idas a las cantinas y pulquerías, esa la libertad se impregno en cada poro de su piel, así como lo envolvió la soledad que olvidaba con el deleite amargo; recuerda que dócil esperaba a su padre sentado en el umbral de alguna cantina escuchando el tintineo de caer de los dados, veía el humo salir, escuchaba a los comensales parlotear embriagados, ahí esperaba hasta que saliera sin saber las horas transcurridas. Con una copa en la mano, ahora en medio de este confinamiento a la cual nos ha traído el COVID 19, me doy la oportunidad de estar en su casa ubicada en la calle 44 número 506 a, cruzamientos 61 y 63 en la colonia centro de la ciudad de Mérida, Yucatán donde vive actualmente una casa antigua que ha remodelado, sencilla, con muebles de segunda mano pero de buen gusto, con cuadros de arte bordean su cuarto, vive con lo indispensable, quizás una forma de reivindicar su niñez; me encuentro sentada en su mesa de comedor, le tiene puesto un mantel tejido blanco, un plato de queso holandés rebanado al centro me deleita el paladar con un buen Merlot; su voz me llega contundente cuando dice - solo yo me conozco, solo yo me soporto- y reflexiona en voz alta, cuando en el año mil novecientos cincuenta y ocho, su entorno le da la oportunidad de asistir al jardín de niños, suceso que le marca su vida ya que fue el único de sus hermanos a quien llevaron al jardín de niños particular, fue muy afortunado con gran felicidad recrea la imagen de cuando veía deslizarse por las escaleras de esa gran casa, a su maestra una mujer hermosa, fina, de ojos dulces que le prodigaba ternura y atención que tanto necesitaba, el niño de mirada triste se iluminaba cada mañana y se dijo es lo que voy a tener, él me cuenta que tuvo muchas propiedades y hoy en día tiene lo que le llena solamente. -Continuo escuchando- en mil novecientos sesenta y cuatro (me digo a mi misma yo apenas estaba cumpliendo tres años) al concluir su instrucción de educación primaria como un presagio en su vida, ya que fue la única oportunidad de ser niño solo estudiaba en el turno matutino y las tardes disfrutaba de juegos, en esa tarde de graduación conoce y escucha de voces de sus compañeros a Los Beatles por primera vez y lo envolvió la fascinación, la cual perdura hasta ahora la música más el arte en particular la pintura, es un admirador y tiene obras del gran pintor yucateco Ermilo Torre Gamboa por mencionar uno de ellos, así como tener la fortuna de ser amigo suyo y de su esposa Dña. Tere que lo aprecian y lo tratan con un cariño muy especial, a la cual me ha convidado a través de pláticas en casa de ellos, es así como voy aprendiendo a reconocer y reaprender ya que es amante de la lectura, poesía y ciencias exactas, una sensibilidad compartida. En otra noche en una salida furtiva y protegiéndome por esta pandemia; estoy acompañada de lluvia pertinaz nuevamente en su sala, sentada sobre un sillón de mimbre, mirando el cuadro de un ángel caído que se incorpora en medio de un camino, como una esperanza ante el temor que me envuelve, él siempre firme pero dulce me procura dándome paz y calma ante este desconocido que ha invadido el mundo y mi vida; el sonido del ventilador de techo nos acompaña y saboreando –de nuevo- vino brindamos y le escucho platicar embobada me sumerjo y veo a un joven de diez y seis años, es el año de 1969 aun estudiando la vocacional en las tardes, tiene que trabajar en las mañanas para labrarse su propio porvenir; ya la tenacidad es el tatuaje que está en su piel para ser alguien, el esfuerzo era trabajar y estudiar para construir los caminos como Ingeniero Civil que estudio en el Instituto Politécnico Nacional, un orgullo que ostenta es que tuvo como madrina a la Sra. Amalia Solórzano Vda. De Cárdenas. Me asombra su logro sin ayuda de nadie siempre en esa soledad de la mano de su libertad. Me dice que a esa edad ya tenía escritorio en el Depto. De Asuntos agrarios y Colonización como oficinista y tenía secretaria, sus compañeros le decían el “ingeniero chiquito”, sonreía, su primera forma de burlarse de la vida, pero tenía que esforzarse y negarse de alguna forma vivir su adolescencia para lograr llegar a ser un Ingeniero de verdad. Con el compás de la lluvia entorna la mirada y me hace partícipe de su primer afecto amoroso al lado de Edith Rivera Noriega bonita, la describe de ojos como el aguacate maduro, su piel como el talco, su cabello caramelo, la cadencia de su andar cual gata en seducción, esbelta etérea como su maestra de jardín de niños trece años mayor que él, el escareo amoroso es dulce y virginal en su recorrido por parques y cines lo que fue significativo en su vida -nada ata solo hay que volar- concluyen el romance por iniciativa de ella lo cualle proporciona un dolor sin poder explicar en un niño de diez y siete años, peroaprendió lo que unos labios pueden transmitir y unas manos pueden recorrer sin llegar a la piel , Edith fue parte de coincidencias en noches de bohemia siendo un niño-grande. Este arraigo voluntario nos ha dado la oportunidad de conocernos más, admiro su forma de cuidarme y cuidarse para que estamos juntos en su casa de la calle 44 núm.506 a o en mi casa de la 49c núm. 305 en Francisco de Montejo, ya soy su cómplice, su presencia es significativa en estos momentos, con el vaivén de la pandemia, al mismo tiempo con este confinamiento, se me está dando la oportunidad de ser amada y procurada con ese amor de otoño de un hombre que día a día se está retando por dejar en su camino a ese niño que se forjo solo para alcanzar sus metas, de iniciar una nueva etapa sensible, tierna para conmigo encierra la magia de la madurez de un hombre para una mujer. Me alejo –hablando de forma figurativa- y me veo en un nuevo episodio de vida lucida, amando disfrutando de un cuerpo experto, saboreando largas charlas, conversando, discutiendo temas antagónicos como religión y política pero que revisten esta alianza. Este encierro me ha dado el disfrute de la presencia del otro y de iniciar un camino por esa vereda de árboles en otoño. Estoy con una soledad acompañada mi piel viste día a día vestidos de buganvilias de múltiples colores, en otras del color de cera a veces en tonos sombríos, me acompañan resonancias de sinfónica de olas del mar, flautas de pan, música cadenciosa de un danzón, sonidos de un rock and roll, o melodías suaves románticas boleros aquí estoy en un nuevo andamiaje para continuar lo que la vida y la muerte me permitan siempre con una sonrisa y esperanza de disfrute de la vida.

Un 4 de julio

Por: Marisol Sigie

(extracto)


Corría el año de 1970. Dios, sus ángeles o simplemente la vida preparaban el camino. Una a una las piezas se iban acomodando. En abril Paul anunciaba una noticia triste para la bebé en camino, el grupo decidía finalmente separarse. Sin embargo, un mes más tarde la banda lanzaba el sencillo Let it Be, un mantra que acompañaría a la pequeña desde antes de su nacimiento y, posiblemente, hasta después de su muerte. La fecha estaba cerca y Mirrael esperaba impaciente. Es de ángeles conservar la calma pero también es de ángeles entusiasmarse. Y, no hay nada más emocionante para un ángel guardián que recibir al recién o la recién nacida que acompañara por toda la eternidad. En vidas pasadas Mirrael había trabajado para una agencia francesa. No le fue nada fácil adaptarse al caos y barullo de la Ciudad de México y a su tono can ta di to. Como en Cenicienta, las campanadas de un reloj anunciaban el día y la hora acordadas. Llovía y el GPS de Mirrael continuaba actualizándose al huso horario mexicano. ¡Uf! Con todo y todo, logro llegar a tiempo a su cita en el Hospital Santa Elena. Aún lo recuerda claramente, era sábado, (le 4 julliet) un 4 de julio y justo después del atardecer la hermosa bebé era llevada a los cuneros. Mirrael siguió los pasos de la enfermera y se colocó detrás de la pequeña, le dio un beso de bienvenida y la envolvió con sus luminosas y amorosas alas. Los contratiempos comenzaron desde el primer día cuando los familiares pidieron ver a la recién llegada. La enfermera a cargo soñaba con Julio Iglesias cantándole al oído Gwendolyn y por un segundo perdió la sincronía. Cuando la niña llegó a la habitación el padre dijo, “ella no es mi hija”.




La Chata

Por: Rocío Rojas

Regresaba de la prepa caminando, estaba cerca de la casa; la primera imagen que veía al llegar era a mi madre, en la cocina, probando o paladeando los sabores que había logrado después de haber pasado un par de horas o más en este recinto, al cual no podía faltar a la cita obligada de cada día. Llegaba más o menos a la hora de comer, justo unos minutos antes, mi madre me esperaba. Ella siempre me abría la puerta al oír el ruido de la reja al correr el pasador, y ya en su cabeza barajaba los diferentes encargos que me haría segundos después de que me abriera la puerta de la cocina. La llamaban La Chata, sí así, la chata, a mí me daba risa cuando oía que la llamaban así, parece que es debido a su nariz; cuando nació, el doctor se sujetó de ella para que resbalara más rápido del vientre de mi abuela, tal vez por eso la semejanza de su nariz a una resbaladilla. Años más tarde la empezaron a llamar Lucha, a mí no me gustaba, me parecía más divertido escuchar Chata, me imaginaba cómo podían deslizarse por su nariz cualquier tipo de objetos pequeños, sus gotas de sudor, sus lágrimas, e incluso sus preocupaciones; era un apodo más juguetón que le permitía ser ella misma. Lucha era más serio, me evocaba a una señora que dictaba deberes, como los que ahora me hacía apenas tocaba el piso de la cocina. Mi madre, la Chata, es de aquí, de Guadalajara, viene de una familia numerosa, es la mayor de 7 hermanos. Nació en 1937, así dice el acta, que llegó a la casa mil ochenta y cuatro a la una horas y 5 minutos, de la calle 7. Antes nacían en las casas, las ayudaban las parteras; a mi abuela la asistió un doctor; sí, fue a su casa, tal vez porque era primeriza, así se usaba. Mi abuelo era ferrocarrilero, tenía 40 años, cuando María de la Luz Josefina llegó a esa casa del Sector Juárez. Era la primogénita, no solo de mis abuelos, sino de la familia entera, la primera nieta ¡cuánta obligación por cumplir! Era la mayor, siempre fue la mayor. Dejé mi mochila sobre una de las sillas del comedor, me lavé las manos y me dispuse a cumplir cada una de las tareas que mi madre ya tenía asignadas para mí.



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